CRÓNICAS
Este tipo no tiene nada de patético
LOS NUEVOS PATÉTICOS
Septiembre 17, 2005Los nuevos pateticos - Fernando Castro Flórez
Reseña crítica de «Historias diferidas», último capítulo del ciclo Los Géneros, presentada en la la sala de exposiciones Alcalá 31 de Madrid. Originalmente publicada en | ABCD las artes y las letras |
En sus consideraciones sobre la memoria perdida de las cosas, Trías señala que en este mundo en que ha gustado la naturaleza de ocultarse a nuestros ojos y silenciarse a nuestros oídos, la reflexión filosófica sólo puede apoyarse ?como experiencia primaria? en la experiencia de la ausencia de experiencia, en la experiencia del vacío dejado por las cosas huidas o desaparecidas. Aquella «agorafobia espiritual» de la que hablara Worringer en su libro Abstracción y naturaleza queda corregida en esta visión de nuestro tiempo como crisis de la memoria, como una ausencia de lo concreto que lleva a una visión totalizadora. En el proceso de rememoración, el sujeto entero se compromete hasta dejarse la piel. Vivimos en el tiempo de la atrofia de la experiencia y, al marginarse ese proceso de desgarro epidérmico, sea en la vida o en el arte, todo queda reducido a nada. Benjamin señaló que cuando impera la experiencia en sentido estricto, ciertos contenidos del pasado individual coinciden en la memoria con otros del colectivo: «Los cultos con su ceremonial, con sus fiestas... llevaban a cabo renovadamente la amalgama de estos materiales de la memoria. Provocaban la reminiscencia en determinados tiempos y seguían siendo manejo de la misma durante la vida entera. Reminiscencia voluntaria y reminiscencia involuntaria perdían así su exclusividad recíproca». Pero, insisto, tras la Gran Demolición, lo único que somos capaces de contemplar (en una peregrinación turística patética) es el calvero, el sitio para el futuro memorial imperialista.
Tontería sin asideros.
Resulta que cuando el presente se abisma en la banalidad glacial, muchos artistas
se entretienen con el cuestionamiento de la verosimilitud, los simulacros tardo-post-modernos
o la tontería sin asideros. Historias diferidas ?comisariada por Teresa
Blanch dentro del ciclo Los géneros, promovido por Caja Madrid? es, tal
y como acierto a verlo, un ejemplo paradigmático del momento de la entronización
de la «estética del patetismo». Hacia mucho tiempo que no
veía ?lo digo sin exagerar? una exposición tan calamitosa, con
los ingredientes, inevitables, de pretenciosidad formalista y vacío crítico
total. En el farragoso texto del catálogo, intenta Blanch, sin conseguirlo,
aclarar la cuestión de los artificios de la realidad, citando un tanto
«a la moda» a Deleuze para defender un tartamudeo que descompone
las ideas. Lo cierto es que estos «relatos sonda», ficciones que,
según se nos cuenta, permitirán una mayor concreción, funcionarían
como deconstrucciones de los «cuadros de Historia». Pero, a la hora
de la verdad, cuando nos enfrentamos con las obras, lo que surge es la amarga
sensación del sinsentido, el infantilismo cabal de artistas talluditos
(la mayor parte supera los treinta años, y Raymond Chaves es ya un cuarentón)
e incluso la caída en plancha en el pantano del ridículo. Pensaba
que este ciclo permitiría ver jóvenes artistas de distintas partes
del Estado español organizados curatorialmente en torno a uno de los
llamados géneros artísticos (la pintura de Historia, el desnudo,
el paisaje y la naturaleza muerta). Sin embargo, lo que en esta ocasión
se nos sirve es una selección de creadores que, al margen de la cuestión
ya señalada de la edad, proceden, se han formado o han sido recientemente
«visibles» en Barcelona: Patricia Dauder, Nuria Marqués,
Marta Negre, Jaume Parera y Miguel Noguera han estudiado en la capital de Cataluña;
Francesc Ruiz ha nacido en esa misma cuidad; Raymond Chaves pasa largas temporadas
allí y Catarina Campino acaba de realizar una exposición en la
galería Sicart. Con esto quiero decir, sin más rodeos, que la
comisaria no ha realizado en ningún sentido un trabajo de investigación
serio, valorando lo que acaso estén proponiendo en distintos lugares
de España jóvenes artistas sobre ese tema peliagudo de la Historia,
diferida o no.
Confieso que mi indignación fue en aumento a medida que avanzaba por esta penosa exposición. Algunas obras son anodinas y transmiten un cansancio inconsciente como el antiarchivo que pretende montar Patricia Dauder con unos papeles ligeramente manchados, igualando ?según advierte fervorosamente la comisaria? el desastre con lo bello o la historieta playera de Francesc Ruiz, con chiringuito incluido, insistiendo en el suelo contaminado. Los vídeos van desde la materialización de la «ridiculización patética» que consigue Jaume Parera grabando un partidillo de fútbol, hasta el testimonio documental para-minimalista de Nuria Marqués, que entrega las confesiones de chicas que sufren trastornos de ansiedad, que, si «traducen pequeñas historias de liberación personal» es algo que a mí, por no apelar a ningún otro difuso, se me escapa.
Tras lo inquietante.
En algunas piezas advierto una tendencia a «sobreactuar», a perseguir
lo misterioso o lo inquietante, como en el vídeo de Cristina Martín
Lara de un sujeto de apariencia entre fantasmal y anodina en un paraje berlinés,
o en las fotografías de lugares sombríos, descampados, en construcción
o desmantelados de Marta Negre. De Chaves, un artista que me interesa particularmente,
se presentan unos dibujos relacionados con el viaje de Colin Powell a Bogotá,
que le llevan, sin mucha intensidad en este caso, a desplegar su iconografía
del terror y la falsificación política.
Las dos obras que, insisto en mi ofuscada «opinión», convierten estas «historias diferidas» en algo completamente calamitoso son las de Catarina Campino y Miguel Noguera. Campino monta un vídeo-performance con una serie de sujetos que se enfrentan a una cartilla para enseñar a leer a los niños portugueses, en el que se muestran carteles en los que está escrito Adolf Hitler, Idiot o The Pope. Esta artista declara que esa Cartilha Maternal es «el único recuerdo que guardo de los tiempos anteriores a la Revolución», y, a partir de ahí, ha pretendido hacer una reflexión sobre las dictaduras en general, y, al mismo tiempo, en torno a la situación del arte contemporáneo, complaciente en su hermetismo y dominado por una jerarquía curatorial lamentable. Pero resulta que sus «intenciones» terminan por concretarse en una obra cínica y ramplona, confeccionada en una estrategia de mimetismo con las retóricas del bienalismo, un resto acrítico de una Historia que no es capaz de producir ningún acontecimiento.
Una «paja» mental.
Lo de Noguera es mucho peor: las bufonadas de este showman de pacotilla no generan
otra cosa que vergüenza ajena. Disfrazado de pirata o en pelota picada,
se lanza a perorar y, carente de gracia, se hace lo que llamaré una «paja
mental». El título de una las presentaciones de su ridículo
Ultrashow es toda una declaración de principios: «Tu novia no puede
ponerse porque me está chupando la polla». Con chorradas de este
calibre no hace falta tampoco hablar mucho. Teresa Blanch, casi en trance, escribe
que Miguel Noguera pasa desde los apuntes de situaciones públicas al
gran relato para-teórico, «con el que trata de formular aseveraciones
muchas veces fuera de nuestro alcance, pero sumamente creíbles por la
atmósfera de complicidad generada con los asistentes y por la ?veraz?
narrativa desplegada». Eso si aclara un poco el desastre: la complicidad.
Porque si de verdad tenemos que tomarnos en serio estas teorizaciones entrecortadas
y las manifestaciones visuales correspondientes, tendríamos que sacar
el martillo como recomendara Nietzsche, el gran crítico de la enfermedad
histórica, para acabar con brutalidad con estos nuevos «ídolos».