YPunto final

Empezamos YP hace casi 10 años. Durante gran parte de este tiempo no hemos tenido muy claro hacia dónde íbamos o lo que terminaríamos haciendo, por lo que lejos de definir una trayectoria lineal, la actividad de YP ha caminado acompañada de tentativas, ensayos y errores, conversaciones, alguna resaca y muchos interrogantes. Ahora con cierto tiempo y distancia podemos decir que hemos tratado de aportar ideas, conceptos y herramientas para la elaboración de una economía política de la cultura [1].

Uno de nuestros objetivos ha sido analizar críticamente aquellas normativas, marcos ideológicos, discursos y protocolos que han condicionado y a día de hoy determinan las relaciones entre los diferentes actores que conforman la esfera cultural. Las relaciones de interdependencia y sus equilibrios, las relaciones de poder y sus desequilibrios, las relaciones laborales y su precarización; relaciones todas ellas tácitas o explícitas constituidas por elementos de dominación, subordinación y antagonismo. Y esas mismas relaciones son las que desde YP también hemos padecido, reproducido o intentando subvertir. En el fondo, nuestro propio proyecto nos ha llevado a analizar desde fuera lo que hemos padecido desde dentro, una ruta resbaladiza que en muchos momentos nos convertía en nuestras propias cobayas. En ese sentido, YP siempre ha constituido una suerte de prototipo en fase beta, un sistema que, en el fondo, nunca ha logrado estabilizarse. En algunos tramos hemos preferido caminar a tientas, en otros estábamos muy seguros de que seguíamos un trazado coherente y por momentos echábamos en falta una linterna en nuestra mochila. Los boyscouts, ya se sabe, somos gente versátil, pero de dudosa integridad. Hoy cerramos un capítulo que para nosotros ha sido muy importante: cerramos YProductions.

Los porqués son múltiples, pero hay uno que creemos expresa de manera clara la esencia de esta decisión: ya tocaba. Si uno de nuestros primeros proyectos públicos tenía como enunciado “Ya se veía venir” –algunos erais muy jóvenes y no lo recordaréis– nuestro mayor argumento ahora es un guiño inverso a ese eslogan. Y decimos “ya tocaba” porque nunca nos motivó la idea de montar una empresa cultural de largo recorrido, sino encontrar la manera de subsistir aportando recursos y energías a un ámbito que entendíamos huérfano de análisis. De esa necesidad nació nuestra faceta de empresarios, pero YP como empresa tenía fecha de caducidad desde su inicio, no venía marcada en el envoltorio, pero sabíamos que en algún momento, más pronto que tarde, tendríamos que tomar esta decisión. Tenemos claro que tan solo hemos contribuido ligeramente en la comprensión y análisis del área de investigación que hemos venido trabajando y que sin duda queda mucho trabajo por hacer. Aun así, en estos momentos tememos poder entrar en una inercia que emborrone el objetivo que nos hizo poner en marcha YP. No somos expertos en gestión ni en comunicación ni en producción pero nos gustaría pensar que sí se nos da bien investigar, que se nos da bien analizar un conjunto de variables que actúan simultáneamente y que para ello es preciso tomar distancia y tener tiempo. YP nos ha brindado buenos momentos y un contexto para hacerlo y, ya sólo por eso, ha merecido la pena esta experiencia.

Quienes ahora conformamos YP necesitamos oxigenarnos, necesitamos desarrollar proyectos de manera autónoma y empaparnos de nuevas experiencias. Posiblemente uno de los grandes problemas que siempre ha aquejado al proyecto es que hemos funcionado como un organismo muy cerrado, poco permeable. Esto ha dificultado el tránsito y la incorporación de más gente al equipo de trabajo. Con el tiempo hemos aprendido a colaborar con otros colectivos y agentes, pero la idiosincrasia del proyecto, nuestros caracteres huraños sumado a otros tantos factores han dificultado que YP se rejuveneciera por dentro o se tornara una entidad más plural. Esto ha contribuido a que no se diera un relevo en el equipo de trabajo o que el proyecto pudiera tener otro tipo de continuidad. Actualmente YP ya es un proyecto muy significado, corporativamente marcado y con un trabajo que, en mayor o menor medida, creemos que puede ser útil para otros y otras que quieran seguir alimentando ese área de investigación. Por eso pensamos que es bueno cerrar el ciclo, dar por terminada esta etapa y auto-otorgarnos la “libertad” de construir otros proyectos fuera del paraguas YP.

Estamos creando un archivo público con los proyectos que hemos realizado, así como las investigaciones y la biblioteca de textos que hemos ido produciendo. Los amigos de bookcamping.cc nos están ayudando en esta tarea de la que pronto daremos noticia [2]. Todo lo que hemos producido se podrá copiar, usar o desmentir (como hasta ahora). Consideramos que este es el resultado de nuestro trabajo y esperamos que sirva de contexto para futuras prácticas e investigaciones. Hoy se cierra la empresa, pero esperamos que el contexto crítico desarrollado en YP siga abierto a través del material producido.

De la misma manera que cuando uno coge la maleta busca convencerse de que no se ha dejado nada, cuando das por terminado un proyecto el instinto te lleva a intentar darle coherencia. Seguro que en los párrafos que siguen caeremos en el error de construir un relato compacto, pero de entrada la intención es cerrar el telón comentando algunas tensiones, ambivalencias y –por qué no– algunas cosas que creemos haber aprendido. Y lo haremos a la vieja usanza: por temas. Permitidnos pues acabar retomando cuatro temas que hemos analizado, temas que son tan nuestros como vuestros en tanto que contienen elementos que en mayor o menor medida todos y todas producimos a la vez que padecemos. Al final, añadimos un breve colorario para despedirnos como suelen hacer las personas. Hoy, como siempre, lo primero es la economía:

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Mínima Común Institución (MCI)/ 25N en el CCCB

El próximo 25 de Noviembre a las 17h en el Hall del CCCB se presentarán una serie de inciativas que enmarcan uno de los focos principales del proyecto Mínima Común Institución, los procesos de colaboración entre instituciones culturales y proyectos o colectivos independientes. A continuación, hacemos una breve descripción del proyecto y el contexto en el que se diseña así como el programa del día 25:

Mínima Común Institución (MCI) plantea un ‘espacio mínimo’ de negociación con la institución cultural bajo el que activar procesos de investigación crítica desarrollados por colectivos y plataformas culturales independientes. MCI es un proyecto coordinado por YProductions junto a Site Size, La Fundició y Espai en Blanc que nace como apuesta del CCCB para repensar procesos de colaboración entre la institución cultural y colectivos autogestionados.

Contexto de MCI

Nos encontramos en un cambio de época, en pleno proceso de puesta en cuestión de los roles y dinámicas legitimadas desde diferentes instituciones. La institución educativa y la cultural también han sido y son actualmente objeto de estos procesos de crítica institucional. Incluso la propia ciudad entendida como institución, como ámbito de producción normativa, ha sido analizada críticamente por el cuerpo social. La ciudad planificada como artefacto cultural homogéneo, como dispositivo cuyo imaginario se diseña desde las instituciones públicas se enfrenta a la concepción del territorio urbano como un laboratorio social, como un contexto dinámico y pluriforme que entra en conflicto con el branding metropolitano. Estos procesos sociales los podemos entender como prácticas instituyentes, como suma de acciones e investigaciones que ponen en suspense categorías como ‘lo legítimo’, ‘lo normal’, ‘lo correcto’ y, en definitiva, ‘lo institucional’. El principal objetivo de MCI es intentar optimizar los procesos de crítica institucional de aquellos colectivos que conciben la producción cultural como elemento de transformación social. Proponemos diseñar un espacio común junto a la institución cultural desde el que plantear su puesta en crisis.

Líneas de investigación en Mínima Común Institución

Bajo este marco, se han planteado dos líneas de investigación diferentes en esta primera edición de MCI. Una primera línea desarrollada por Sitesize y LaFundició y la segunda a cargo de Espai en Blanc. Partiendo de la provocación inicial ‘Cómo Colectivizar la Cultura en Barcelona’ (CCCB), Sitesize y LaFundició se proponen, junto a otros agentes culturales y sociales, la apertura de un proceso para pensar qué prácticas y maneras de hacer son más justas en la gestión de la cultura. Este proceso busca abrir un análisis colectivo sobre cuestiones descriptivas -¿cómo se gestiona la cultura?- enfrentándolas a cuestiones normativas -¿cómo se debería gestionar la cultura para crear beneficio colectivo?. Por otro lado, Espai en Blanc abre su línea de investigación lanzando una pregunta sin duda sugerente ¿Qué mínimo de institución es necesario para que el pensamiento pueda hacerse fuerza material?. Tomar la palabra no puede simplemente consistir en usar los altavoces de las instituciones hegemónicas sino que debe ir acompañado de elementos instituyentes, de recursos, prácticas y procesos que permitan elaborar un discurso y un contexto consistentes.

PROGRAMA del 25N

17h : Rubén Martínez (YProductions): Presentación de MCI

17.15h : Nicolás Sguiglia de La Casa Invisible.
‘Testeando una institución anómala’ (texto de N. Sguiglia para la sesión)

18h Jesús Carrillo, director de programas públicos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS
‘Programas públicos MNCARS’ (texto de Jesús Carrillo para la sesión)

18.45h Descanso

19h : Iris Dressler y Hans D. Christ del Württembergischer Kunstverein Stuttgart.
‘Zonas de contacto’ (texto de Iris y Hans para la sesión)

20h : DEBATE
Con YProductions, Sitesize, LaFundició, Espai en Blanc, La Casa Invisible, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, Kunstverein Stuttgart y CCCB.

más información en el blog del proyecto MCI https://micoins.wordpress.com

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Cambios en la gestión pública de la cultura: de la cultura como derecho a la cultura como recurso

Versión extendida del artículo que Jaron Rowan ha escrito para Periódico Diagonal

Entre la ola de medidas y recortes de carácter neoliberal que se han estado llevando a cabo en el Estado español durante los últimos años casi ha logrado pasar desapercibido uno de los cambios más importantes en la historia de las políticas culturales contemporáneas: la cultura ha dejado de entenderse y gestionarse como un derecho para pasar a considerarse un recurso. La progresiva desarticulación del Estado de bienestar que estamos experimentando se caracteriza por la progresiva privatización de servicios y competencias públicas, poniendo en mano de los mercados elementos tan necesarios como la salud, la educación o como veremos a continuación, la cultura. Es por ello que propongo unas reflexiones en torno a este proceso y sobre la necesidad de pensar en mecanismos para contrarrestar esta realidad desde movimientos que luchan por una cultura libre.

Desde la transición democrática, entre las funciones asignadas al Ministerio de Cultura y las diferentes administraciones públicas con competencias en el ámbito cultural, estaban la de garantizar el acceso a la cultura por parte de la ciudadanía, preservar el patrimonio y acervo cultural, velar por la diversidad cultural y promover el desarrollo cultural y artístico de la ciudadanía. Todo esto está cambiando paulatinamente con la introducción progresiva de un conjunto de políticas destinadas a promover una visión estrictamente económica del papel que ha de cumplir la cultura[1]. Bajo el paradigma de las denominadas industrias culturales y creativas, comprobamos cómo acontece una progresiva privatización de las prácticas y del acervo cultural común. Para promover esta realidad se ha ido articulando una constelación de medidas, programas de promoción e instituciones que encabezadas por la Dirección General de Política e Industrias Culturales dependiente del Ministerio de Cultura están definiendo las prácticas culturales bajo parámetros estrictamente económicos.

Vemos ya que desde mediados de la década de los ochenta se han ido consolidando discursos que asumido por todos los partidos gobernantes que lejos de presentar las prácticas culturales como elementos marginales a los ciclos de producción económica, sitúan la producción cultural en el epicentro de los planes de crecimiento económico de las ciudades y naciones occidentales. De esta manera y de forma creciente desde la administración pública se han fomentado planes de promoción de industrias culturales y creativas, se ha promovido la creación de incubadoras y viveros de empresas culturales así como la introducción de planes de formación para emprendedores, la creación de rutas de turismo cultural, las pugnas por obtener la capitalidad cultural, etc. es decir, se han favorecido un conjunto de programas y medidas que van definiendo la cultura como un recurso. Esta idea, que ya formulara de forma clara el teórico cultural George Yúdice, hace hincapié en el uso instrumental que se hace de la cultura, que se valora por su capacidad de transformar, redefinir o regenerar el espacio urbano o en su defecto, de crear riqueza, desplazando de esta manera la idea de que la cultura tiene un valor intrínseco.

La Llei Omnibus en Catalunya y planes europeos

Para fomentar este cambio se han ido substituyendo los mecanismos tradicionales de apoyo a las prácticas culturales, con la introducción de créditos en lugar de ayudas, y se han demonizado las asociaciones, peñas y demás colectivos que tradicionalmente habían sido los encargados de mantener vivas las diferentes tradiciones culturales. Igualmente hemos sido testigos de la introducción e implementación de regímenes de propiedad intelectual más agresivos, de la denuncia pública de los procesos de intercambio entre pares, del acoso a las páginas que contienen enlaces (que no contenidos) susceptibles de estar sujetos derechos de autor o de la cesión de competencias culturales a empresas de gestión cultural totalmente opacas. Así las administraciones públicas de forma paulatina han ido perdiendo su papel como garantes del acceso a la cultura por parte de la ciudadanía para ser instigadoras de un proceso de privatización de la cultura. Podemos leer como un paso evidente en esta dirección la reciente introducción de la Llei Omnibus por parte del gobierno catalán. Uno de los cambios más notables que presenta esta ley es un cambio en la promoción y financiación de prácticas culturales, los y las artistas, músicos, payasos, escritores, etc. ya no se consideran susceptibles de recibir apoyo público, en su lugar deben de apoyarse a los y las empresas culturales y a su figura más carismática: el emprendedor cultural. Literalmente la ley dice “se consideran empresas culturales tanto las personas físicas como jurídicas dedicadas a la producción, distribución o comercialización de productos culturales incorporados en cualquier soporte (…) se incluyen en este concepto las persona físicas que ejercen una actividad económica de creación cultural o artística[2]”. Los departamentos de cultura ya no legislan para la ciudadanía, al contrario, su objeto de gobierno es el empresariado cultural. La administración nos transforma en industrias culturales. Estos planes se ven reforzados por acciones tomadas a nivel europeo. Por ejemplo en el “Libro Verde para las Industrias Culturales 2010” leemos “las «industrias culturales» son las que producen y distribuyen bienes o servicios que, en el momento en el que se están creando, se considera que tienen un atributo, uso o fin específico que incorpora o transmite expresiones culturales, con independencia del valor comercial que puedan tener[3]”, reforzando esta noción de que cualquier práctica cultural ya es parte de una industria.  Estas nociones van a entrar y serán pilares del nuevo “Programa Cultura 2014-2020” de la UE, en el que conceptos como la diversidad cultural, el acceso o la cooperación, son desplazados a un segundo lugar por términos como innovación, industrias creativas o desarrollo.

Lo más llamativo de todo este proceso es que se promueve la creación de un sector económico que nunca ha demostrado ser viable. No tenemos datos empíricos de que se hayan logrado cumplir las cifras de crecimiento o empleo que se predijeron hace ya más de 10 años. Pese a que desde la UE se diga que las industrias culturales “contribuyen a aproximadamente el 2,6 % del PIB de la UE, con un gran potencial de crecimiento, y proporcionan empleos de calidad a unos cinco millones de personas en la EU-27[4]” la empiria nos demuestra que lejos de crear empleo, hasta el momento las industrias culturales se han caracterizado por crear formas de autoempleo precario, siempre marcado por la extrema flexibilidad, la autoexplotación y la intermitencia económica, y es que todos los planes de promoción de las industrias creativas y culturales están basados en estimaciones y expectativas de crecimiento, nunca hechos reales. Por ello es tan importante que desde movimientos como el de la cultura libre se puedan empezar a diseñar nuevos modelos productivos e infraestructuras de producción, distribución y promoción de las prácticas culturales que sean tanto sostenibles económicamente como capaces de generar procomún. Es necesario trabajar en modelos que en lugar de privatizar el acervo cultural común sean capaces de contribuir a fortalecerlo. La capacidad de la creación de estas nuevas infraestructuras definirá nuestra capacidad o no de mantener un procomún cultural y del conocimiento vivo y susceptible de ser explotado de forma colectiva.

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Cultivo de microbios 2: cuando lo invisible no puede ser visible

Si la primera vez que nos encontramos para constituirnos como un cultivo de microbios volvimos todas a casa satisfechas de las charlas, actividades, metodologías y experiencias vividas en este segundo encuentro no ha pasado lo mismo. Pese a que seguramente el nivel de intimidad y profundidad de algunas de las conversaciones que hemos mantenido ha sido incluso mayor que durante la primera edición, una sensación de insatisfacción acompañó la conclusión de este segundo encuentro. A continuación, unas líneas que intentan entender esta realidad.

La dinámica que marcó el cultivo era muy simple, partiendo de tres problemáticas que surgieron durante la primera edición, cada una de las participantes o colectivos reflexionaba sobre su situación particular abriendo numerosos debates y temas de reflexión. Las preguntas eran:

  • ¿Cómo resolver el desequilibrio de ritmos entre individuos de la misma organización y entre diferentes organizaciones?
  • ¿Cómo generar procomún difundiéndolo desde marcas e identidades tan significadas?
  • ¿Cómo seguir trabajando por proyecto a la vez que desarrollamos una estrategia común?

Si bien la primera pregunta daba pie a conversaciones muy particulares las dos siguientes consiguieron abrir la caja de pandora. Sin duda este ha sido un año duro, económicamente durísimo. Esta situación no ha hecho más que ahondar la precariedad que define el trabajo en nuestras microempresas culturales y que se extiende más allá de los muros que siempre acompañan a nuestra esfera de producción. De forma paralela el 15M no ha dejado a nadie indiferente, cada una de nosotras está vinculada de una forma diferente o con diferentes intensidades en lo que está pasando, pero es complicado no pensarse si no es al calor de lo que está sucediendo en las plazas de todo el mundo. Seguramente por esta razón se nos hacía raro encerrarnos en el laboratorio y hacer un trabajo de introspección.

Planeaba una sensación compartida: cargamos con nuestras marcas que son las que nos permiten adquirir la visibilidad y captar suficiente atención como para que atraigan clientes y proyectos, pero en ocasiones el trabajo de producción de esta identidad va en detrimento de la producción de espacios propios, de lugares de agencia de la propia marca, de lugares habitados por el nosotros menos productivo. La necesidad de singularización que provoca la marca, la necesidad de ser y performar esta identidad comercial va en detrimento de la producción de espacios en los que negociar lo personal, en los que nuestras identidades más débiles o inseguras puedan instalarse. Por esta razón al llegar al laboratorio y crear una zona de seguridad, un espacio en el que se pudiera explorar el yo/nosotros que habita estas marcas, al permitir que aquellos aspectos que nuestro devenir que no permitimos signifiquen nuestras marcas afloraran, llegamos a un punto de extrema honestidad e intimidad.

Seguramente se creó un lugar parecido a lo terapéutico, en el que pudimos comentar cómo nos afecta el exceso o la falta de visibilidad, en el que las relaciones interpersonales no son perfectas, en el que los desgastes producidos por la precariedad se elevan a un primer plano, en el que el cansancio puede ser un componente válido, en el que las inseguridades y miedos pueden empezar a ser tema de conversación o en el que los fracasos empresariales se pueden compartir. Lo malo, seguramente, es que allí nos paramos. Cuando el cuerpo nos pedía más intimidad, más sinceridad, hablar desde lo afectivo y exigir los cuidados que la vida laboral nos niega surgió la duda. ¿Es lícito explorar lo emocional desde una institución pública? Esta idea fue la que puso límites al cultivo. Fue la causante que no decidiéramos explorar más en profundidad lo que sentíamos y la euforia que nos producía utilizar un taller como espacio de afinidad. Fue la que nos recordó que las emociones se suelen explorar en la intimidad, que el conocimiento racional está mejor considerado que el conocimiento afectivo. Esa duda nos recordó que al día siguiente teníamos que explicarle al mundo que habíamos estado haciendo y que nuestras gramáticas y herramientas lingüísticas están pobremente preparadas para expresar el conocimiento afectivo.

Al día siguiente nos derrumbamos, había que traducir intensidad en argumentos, había que transmitir energías en forma de enunciados, había que exponer lo importante que es explorar lo emocional sin exponer nuestras emociones, había que transformar en conocimientos susceptibles de ser consumidos lo que sólo habíamos podido explorar de forma frágil e intuitiva. Ese sesgo, la brecha abierta entre lo que habíamos vivido y lo que habíamos podido expresar se fue expandiendo creando la sensación de fracaso. Al volver a lo público no podíamos dejar que nuestras marcas tradujeran lo que no debe verse, dimos un paso atrás y racionalizamos las conversaciones y debates mantenidos el día anterior. No podíamos decir que lo más emocionante había sido volver a vernos, que es increíble sentir la empatía de otra que está en un lugar similar al tuyo, que los confines de nuestras marcas a veces pesan más de lo que nos gusta creer. En este contexto, el marco de lo que es o no público, lo establecía el hecho de saber que habría gente mirando, personas que querían conocer nuestras conclusiones, pero en estos momentos lo que separa lo público de lo privado es una frontera simbólica muy porosa que en muchas ocasiones es necesario negociar.

La conclusión a la que llegamos inevitablemente era que nos llevábamos el cultivo al espacio de lo privado, al espacio en el que se pueden tener miedos e incertidumbres, al espacio en el que poner los sentimientos sobre la mesa no crea tensión, al espacio donde las micropolíticas parecen pertenecer. En definitiva, un espacio en el que al parecer se puede una escapar de lo productivo, de la necesidad de llegar a conclusiones que sirvan a los demás, en el que las incertezas, miedos, alegrías o deseos se pueden seguir explorando. ¿Qué hubiera pasado de no toparnos con la barrera del miedo?¿Hasta dónde hubiéramos podido llegar si el sentimiento de culpa no se hubiera adueñado de la situación? Llegados a este punto tan sólo podemos especular, pero a lo mejor en próximas ocasiones podría ser interesante dejarse llevar, explorar lo terapéutico hasta sus límites, darle voz a nuestro cuerpo y dejar que lo afectivo se apodere de la situación y ver qué pasa. Hasta entonces supongo que nos toca afinar nuestra jerga emocional, trabajar lo íntimo desde la intimidad y mantener en la invisibilidad lo que aun no puede ser visible.

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¿NUEVOS MODELOS DE NEGOCIO? ENTRE CULTURA LIBRE Y LIBERALISMO

Texto de Jaron publicado originalmente en el periódico Diagonal

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La ‘reeducación’ industrial vence con el modelo Spotify

El movimiento de la cultura libre nació inspirado en parte por el auge sin precedentes del software libre (que ha demostrado que la militancia y el mercado no tienen por qué estar reñidos), y en parte como respuesta a la progresiva privatización de la cultura por parte de grandes corporaciones. Éstas, con poderosos lobbies, han conseguido de forma progresiva que los diferentes Estados secunden sus intereses instaurando regímenes de propiedad intelectual cada vez más restrictivos, como hemos comprobado con la reciente implementación de la ley Sinde.

En un momento histórico dominado por el crecimiento y hegemonía de los medios digitales y la centralidad del conocimiento como elemento productivo, corporaciones del entretenimiento y representantes de las industrias culturales han luchado por limitar el uso y acceso a sus productos reivindicando de forma exclusiva el valor económico de la cultura. De forma paralela hemos experimentado un drástico abaratamiento de los medios de producción y de las herramientas digitales. Muchas personas, con cierto bienestar económico, pueden filmar sus propias películas caseras, grabar sus discos, realizar collages, alterar fotografías, etc., dando pie a una auténtica cultura del remix cotidiano que pone en crisis la figura tradicional del o de la creadora.

Los movimientos en defensa de la cultura libre exigen el derecho a compartir y acceder a todas estas nuevas manifestaciones culturales. Denuncian la creciente privatización del acervo cultural. Han puesto de manifiesto los sistemas de control de los usuarios que construyen y navegan en internet o han denunciado las formas en que ciertas administraciones públicas han secundado los intereses de entidades de gestión en detrimento de los intereses generales de la ciudadanía.

La sostenibilidad cultural

De forma paralela, otra preocupación se ha impuesto en muchos de los foros y encuentros promovidos por la cultura libre. ¿Cómo hacemos sostenibles estas nuevas prácticas culturales? Esta pregunta busca responder a dos realidades: la de quienes crean contenidos y quieren vivir de su trabajo, y a las acusaciones de las industrias culturales que consideran que el intercambio de archivos empobrece a sus artistas. La voluntad de definir prácticas económicamente sostenibles ha dado pie a una de esas coaliciones estratégicas que debemos analizar con más detenimiento. Bajo el lema de “nuevos modelos económicos para la cultura”, los movimientos que defienden la cultura libre se han acercado peligrosamente a sujetos e ideologías liberales que en su afán por liberarse del Estado y sus diferentes administraciones abogan por dejar la cultura en manos del mercado.

Recientemente hemos sido testigos de una proliferación de encuentros y debates centrados en repensar los nuevos modelos económicos que sustentan las prácticas culturales. La lógica que representan es muy simple, la supuesta “piratería” y el fácil acceso a contenidos online van en detrimento de quien crea contenidos. Para solucionar esta situación hay que definir nuevos modelos que garanticen el acceso a contenidos a la par de generar cierta remuneración para sus creadoras. De esta manera, se desplaza un problema político a uno meramente técnico. Si el mercado es capaz de diseñar dispositivos que faciliten el acceso a contenidos previo pago, la ciudadanía se “reeducará” y dejará de incurrir en su legítimo derecho a la copia privada. De esta manera empiezan a sonar nombres de plataformas digitales como Netflix, Spotify, Jamendo, Filmin, etc., como soluciones a un problema mucho más complejo y multidimensional. Ha sido frecuente escuchar en estos encuentros críticas a las subvenciones públicas –menospreciadas en detrimento de la inversión privada–, una opción de financiación aparentemente mucho más lícita y loable.

Con facilidad se compara con la reconversión industrial para negar su vertiente política y disfrazarlo de una mera transformación económica, como si una cosa no supusiera automáticamente la otra. Lamentablemente, los nuevos modelos tienen poco de nuevo (patrocinios, financiación distribuida o la reducción del precio de los productos).

Estas soluciones temporales obstaculizan debates de más calado sobre la cultura como un procomún o que ponen en crisis la figura del o de la creadora para revelar la capacidad creativa de la sociedad. La necesidad de constituir comunidades fuertes con derechos, pero también con obligaciones, choca con la subjetividad liberal. Ésta quiere interactuar con los demás sin constricciones, y su deseo de disfrutar de bienes culturales se debe saciar al instante. Aquí se ven los límites de esta articulación estratégica.

Si en lugar de situar el mercado como solución, nos planteáramos la importancia de defender un procomún cultural caracterizado por un dominio público rico y accesible, el presente debate tomaría un cariz completamente diferente. Si en lugar de pensar en nuevos modelos de negocio, pensáramos en nuevos ecosistemas productivos vertebrados a través de comunidades responsables que definen las reglas de acceso y uso del procomún cultural, nos veríamos abocados a un debate más complejo que no busca sólo cambiar un modelo productivo, sino que obliga a repensar la propia base productiva. Es por ello que necesitamos desactivar la lógica liberal que domina la discusión, si realmente queremos pensar en sostenibilidad y en la cultura como un conjunto de elementos y valores económicos, sociales y culturales.

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La Invisible, experimento de innovación política

La Casa Invisible, Centro Social y Cultural de Gestión Ciudadana de Málaga ha firmado un convenio con el Ayuntamiento de Málaga. Y en resumen, no podríamos estar más contentos!. La continua reclamación del derecho a la ciudad por parte del conjunto de voces que conforman la invisible ha surtido efecto. Si algo nos ha fascinado siempre de la Invisible es su capacidad por construir una realidad viva instalada en lo común. Cooperación, autogestión, innovación política, resistencia creativa, institución de lo común, toda tesis de experimentación política alcanza un nuevo grado de realidad con este paso. Desde la reflexión y sin duda desde la acción, Málaga en su conjunto ha apostado por esta vía construyendo un precedente de gran potencia política.

Desde YProductions queremos unirnos a las felicitaciones y enhorabuenas tanto por lo que este hecho supone como por lo que este hecho sugiere. Larga vida a la Invisible, y qué dure!!

YProductions

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La participación ciudadana: procesos de emergencia política en la esfera cultural

Este texto se escribió después de una sesión de trabajo organizada por la Direcció General de Participació Ciutadana de la Generalitat de Catalunya y coordinada por Indicultura Mundial (empresa formada por Ferrán Farré y Jordi Oliveras de Indigestió) – a quienes agradezco mucho la invitación-. El objetivo de la sesión era contribuir a la confección del Libro Verde para la mejora de la participación ciudadana pero, de manera más específica, una de las premisas de reflexión que se proponía en esta sesión era “promover un proceso de reflexión orientado a un mayor empoderamiento de la ciudadanía en relación a la cultura”. Durante esa sesión lancé una serie de ideas que ahora me propongo desplegar y que -afortunadamente- se vieron afectadas por lo que entre todos y todas intercambiamos durante la sesión en las que también participaban Rafa Milán, Eduard Miralles, Christian Añó, Lídia Dalmau (de Sinapsis) y Nando Cruz.

1. Introducción

De entrada, creo necesario remitirme al origen que es a su vez producto final de esta y otras muchas sesiones que se están desarrollando: el Llibre Verd de la qualitat democràtica. La crisis de representación política que se ha venido desarrollando durante las últimas décadas es un hecho irrefutable. Tal vez haya varias maneras de explicar porqué los niveles de participación en las urnas cada vez que la democracia nos cita nunca han sido excesivamente altos a nivel europeo. Y tal vez exista la intuición de que fomentar otras parcelas de participación ciudadana pueden equilibrar el nivel de desconfianza que progresivamente ha ido adquiriendo la clase política. En principio, entiendo el estímulo que guía estos procedimientos de consultoría sectorial en busca de pensar modelos de participación e incluso intentar conformar una especie de think tank descentralizado que arroje sus ideas al diseño de un Libro Verde para ese fin. Pero una mirada microscópica nos revelará que ese desconfianza no solo genera una crisis representativa, sino que es a su vez estímulo para diseñar desde la propia ciudadanía otros modelos de organización política; formas de intentar subvertir la normatividad y producir heterogeneidad. Podríamos resumir esto como una acuciante sensación de que las políticas bottom up intentan describir su propia lógica y su propio ámbito de actuación y que progresivamente se ven más alejadas de las políticas top down. He aquí el nudo de la crisis representacional: la difícil articulación de este doble proceso es la que se ha intentado desarrollar con las políticas de gobernanza que se llevan diseñando desde bien entrados los 90s y principios del 2000 en Europa[1]. Resumiendo mucho todo este proceso, el Llibre Verd de la qualitat democràtica[2] sería el último episodio de este trayecto que intenta fomentar procesos de participación con los que interpelar a la ciudanía. Más allá de todo este marco, el objetivo es centrarnos en el ámbito cultural y -aunque siempre es un difícil ejercicio, ese de “fijar la mirada” en un sector diluido en tanto que se produce y reproduce en toda la esfera social- poco a poco, voy a intentar remitirme a fenómenos de autorganización que se desarrollan en el campo de la producción cultural.

2. Fomentar la participación VS optimizar los procesos que ya se dan

No son pocos los pensadores y pensadoras que se refieren al paradigma actual como un momento de difícil gobierno y de inútil comparación con las formas de organización (tanto productivas como políticas) que se dieron durante la época industrial. Que “algo está cambiando” es una sensación que seguro todos y todas compartimos, lo difícil es saber cómo y hacia dónde dirigimos exactamente este proceso de cambio. En el marco del denominado Capitalismo Cognitivo[3] se están desarrollando fórmulas por parte del mercado y del Estado para intentar gobernar lo ingobernable y extraer renta de una nueva fábrica que ha desmoronado los procesos de producción y organización clásicos: la fábrica social. En esta nueva esfera de producción, el conocimiento ya no sólo tiene lugar en las universidades o en los departamentos de I+D del sector privado, sino que el recurso más preciado en el actual sistema económico los producimos todos y todas colectivamente. Los niveles de innovación emergente[4] que se dan en contextos de cooperación social, en zonas que antiguamente estaban al margen de la cadena de montaje fordista, desbordan completamente cualquier medida, cualquier proceso de cómputo clásico de “lo productivo”. Bajo esa otra lógica sin medida circulan procesos que en ocasiones se mantienen en un “afuera” del marco institucional, siendo algunos producto de miradas discordantes respecto al status quo, empujados por el deseo de producir autonomía.

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Metodología para investigación colectiva (empresas del procomún)

post original en blog empresas del procomún

Pues le hemos dado muchas vueltas a un asunto que consideramos principal para llevar a cabo esta investigación colectiva respondiendo a todos los intereses que ha ido aglutinando: la metodología. Algo tan fundamental no podía decidirse de manera improvisada y hemos estado comentando con bastante gente cómo podíamos pensar en una metodología que nos permitiera sacar el mayor partido posible y lecturas diferentes al complejo marco de las “empresas del procomún”. No sabemos si hemos dado con la solución, pero sí sentimos que hemos caído en una buena casilla. En cualquier caso, el devenir del proyecto nos dirá e iremos ajustando cosas sobre la marcha, es lo bueno -y sin duda también lo malo- de no formar parte del campo científico y contar con metodologías para casi cualquier cosa. La propuesta es sencilla, y se forja entre tres ideas: un archivo común, diferentes variables determinadas por los intereses de cada uno/a y la elaboración de informes compartidos.

No debería costarnos demasiado resumirla aquí, así que, vamos a por ello! Durante las conversaciones con diferentes profesionales, algunos amigos/as y gracias a las sesiones en el laboratorio del procomún de Medialab Prado (mil gracias a toda la gente que allí se junta y que nos lanza ideas descomunales) hemos visto que bajo las “empresas del procomún” se buscan responder preguntas muy diferentes. Lejos de verlo como un problema, nos parece una toma de posición que puede ser muy interesante ya que durante los diferentes caminos que se vayan trazando para hallar respuestas (o tal vez otro sinfín de preguntas) se va a acceder a información que puede ser útil para todos y todas. Esos diferentes trayectos/informes pueden ir levantando información y conocimientos que podemos ir ordenando y clasificando de manera abierta en un archivo común compartido que pueda visualizarse de diferentes formas.

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#MASACRÍTICA: presentación en el CCCB con Philip Ball

Este viernes 26 de marzo a las 19h estaremos presentando en el CCCB un proyecto de investigación junto al escritor y científico Philip Ball:

#masacritica es una investigación colectiva desarrollada por zzzinc que estudia la evolución de la masa desde un punto de vista histórico, social, antropológico y científico. De la idea de un ente gregario se ha pasado a un cerebro colectivo interconectado y con capacidad autoorganizativa, hecho que ha permitido visibilizar procesos y prácticas colectivos y analizarlos de manera interdisciplinar. NOW acogerá la presentación del proyecto, que contará con la presencia del escritor británico Philip Ball, quien explorará las intersecciones entre física, complejidad y sociología y realizará un recorrido por distintos fenómenos sociales explicados a partir de modelos físicos y matemáticos.

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Presentación del libro “Innovación en cultura” en la Fuga Librerías

Tenemos el placer de invitaros a la presentación del libro Innovación en cultura. Una aproximación crítica a la genealogía y usos del concepto que hemos publicado recientemente con la editorial Traficantes de Sueños. La presentación tendrá lugar el sábado 13 de marzo a las 13.30h en La Fuga Librerías de Sevilla (C/ Conde de Torrejón, 4). Ver mapa

Para la sesión contaremos con la participación de ZEMOS98 que nos ayudarán a presentar y a charlar sobre el libro.

De paso aprovechamos para adelantaros que estaremos toda la semana trabajando en Sevilla en el contexto del 12 Festival Internacional ZEMOS98 del que podéis conocer toda su programación en http://festival.zemos98.org

Nos vemos allí!

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